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UN HORNO TARDÍO, EXTRAMUROS

Toda ciudad, como pasa hoy día, tiene un momento de surgimiento y todo un posterior desarrollo, pero muchas de ellas decaen con el paso de los siglos. Igual ocurrió en el oppidum del Cerro de las Cabezas. Fueron 300 años de apogeo, de desarrollo económico y progresiva riqueza; los siglos V, IV y III a.C.
Pero al final del siglo tercero esta población, así como gran parte del sureste de la península y, no digamos todo el territorio de lo que fue la Oretania, quedó inmerso en las guerras púnicas: una lucha a muerte entre el mundo romano y el púnico que tuvo en la península ibera el principal campo de batalla.
Este asentamiento ibero, en el que ahora el visitante se encuentra, hacía cerca de un siglo que había tomado partido -económico y comercial- en favor de los púnicos, por lo que ante la llegada del ejército romano sus elites y, con ellas, sus principales bienes y sirvientes, huyeron hacia la costa tras destruir ellos mismos sus principales edificios, en un deseo de evitar su profanación.
Sin embargo, ello no implicó su total abandono. Numerosa población que habitaba en su entorno cercano aprovechó esta huida para reutilizar sus viviendas y beneficiarse de su ubicación privilegiada en la vega del Jabalón. Se materializó, así, un lento -pero continuado- declive que, varias décadas después, consumó su definitivo abandono. Todo un último periodo de hábitat en el que la investigación arqueológica detecta hoy la ausencia de un claro poder económico y político.
Se manifiesta, a modo de ejemplo, en lo que el visitante tiene delante de sus ojos en este punto de la visita: la base de un gran horno de pan, asociado a unas débiles estructuras murarias… adosadas a la muralla por su parte exterior. La muralla ya no cumplía, pues, su fundamental función defensiva y de poder, más bien de un mero soporte de apoyo constructivo. Se había perdido lo que, hoy día, llamaríamos el “poder municipal y político capaz de mantener los usos fundamentales de sus murallas, calles e, incluso, el valor espacial intra o extramuros.
Poblaciones residuales que, poco a poco decayeron, como la propia Cultura Ibera. Un mundo ibero tardío camino y en mestizaje con la cultura romana y que generaría, con el cambio de Era, un nuevo horizonte cultural: el mundo hispanorromano.
Primero pequeñas villae, luego alquerías, en el posterior periodo islámico se diseminaron por la vega aprovechando su riqueza natural. Habrá que esperar a la conquista cristiana de estos territorios en época medieval.
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LA ALCANTARILLA-DESAGÜE DE LA PLAZA DEL SANTUARIO SUR

Nos encontramos dentro de un pequeño espacio rectangular, descubierto, rodeado de construcciones. Están determinadas, conceptualmente, por una de ellas ubicada frente al visitante: un santuario. Su realización conllevó el cegamiento de la puerta sur del asentamiento y, derivado de ello, toda una reordenación de la circulación de entrada y salida en esta área del oppidum.
Podríamos entenderlo como una “plaza”, por disponer de un camino -aunque angosto- de acceso a la misma y por su posible uso público. Pero, de igual manera, a la vez, también podemos interpretarla como un “patio”, por ser un espacio casi cerrado y de un uso privativo determinado por el valor religioso del santuario que protagoniza este ámbito apto para asistir -desde fuera- a los ritos que una minoría protagonizaría dentro del citado santuario.
La construcción de este santuario “sur” y de las principales construcciones que circundan la plaza -si no todas- hay que ponerlas en relación con otras remodelaciones urbanas que se llevaron a cabo, justamente, en el extremo norte del yacimiento: en torno a la puerta norte, en el santuario “de entrada” y en el propio trazado urbano de esta área. Todo ello, probablemente, en la primera mitad del s. III a.C.; es decir, en el momento de mayor apogeo urbanístico detectado en toda la ladera excavada del Cerro de las Cabezas.
Hoy día el suelo que pisa el visitante está algo alterado con respecto al existente en la época del santuario. Es más, por debajo del mismo, antiguas excavaciones documentaron la existencia de otras estructuras constructivas con diferentes orientaciones que corresponden a más antiguos edificios y calles.
Tenemos que imaginarnos el suelo que ahora pisamos más aplanado. Los muros de piedras, de las habitaciones que nos rodean, corresponden a los zócalos -las bases- de muros, levantados con adobes y, todos ellos, revocados con barro. Los espacios frente al santuario -a la espalda del visitante- por las estructuras conservadas dentro (hornos y poyetes de trabajo), así como por las cerámicas aparecidas, se podrían interpretar como talleres y áreas de almacenaje relacionadas con el santuario. De este modo, la plaza podría ser espacio de transacciones económicas y de asistencia a rituales religiosos. De hecho, en numerosas culturas mediterráneas y la ibera no fue una excepción, comercio y religión eran consustanciales. El comercio encontraba su legitimidad en la propia religión.
Pero hay otro elemento constructivo sobre el que queremos que fije su atención el visitante. Se encuentra a su izquierda, en la esquina sureste de la plaza: una auténtica “alcantarilla”. Hoy nos parece más un estrecho pasillo, encajonado entre dos notables muros de piedra y, en su mitad más alejada, donde aumenta la pendiente, enlosada de manera cuidadosa.
Tenemos que hacer un esfuerzo de reconstrucción espacial: la plaza, necesitaba un punto de evacuación de aguas; los muros que la delimitan no son tales, son parte del basamento de un importante edificio que no ha llegado hasta nosotros, pero que en el que se previó canalizar -de manera subterránea- la evacuación de aguas de la plaza. Todo este asentamiento del Cerro de las Cabezas construyó y vivió en ladera; por tanto, el aterrazamiento de sus viviendas y la evacuación de las aguas fueron cuestiones constructivas -urbanas- fundamentales.
Son construcciones, aparentemente menores, pero que nos hablan de la vida cotidiana de aquellos iberos que vivieron en el Cerro: hornos, para alimentación; alcantarillas, para evacuación de agua y, como verá el visitante a lo largo del recorrido, piletas y almacenamiento de agua para beber.
Su excepcional grado de conservación, sus notables dimensiones y su suelo enlosado en su extremo final (donde aumenta la fuerza de salida del agua) la convierte en uno de los mejores ejemplos de alcantarilla documentados, hasta la fecha, en la cultura ibera.
Las cuatro décadas de sucesivas investigaciones arqueológicas en esta antigua ciudad, autorizadas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha; la continua labor de conservación, cuando no restauración, llevada a cabo por el Ayuntamiento de Valdepeñas y su excepcional grado de conservación son las tres pautas que caracterizan el asentamiento ibero del Cerro de las Cabezas.
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LOS VIARIOS IBEROS Y LA ARQUEOLOGÍA NO INVASIVA

El visitante en este punto podrá sorprenderse por creer que se encuentra en “tierra de nadie”. Ningún resto arqueológico emerge en superficie; aparentemente, nada que ver. A su derecha, ha dejado la muralla sur y todas las construcciones adosadas al interior; por el contrario, a la izquierda, divisa otra extensa área excavada ocupada por diversas manzanas ordenadas por todo un viario.
Las calles no se cruzan en ángulo recto ni corren paralelas, unas a otras, emulando el frecuente trazado “ortogonal” de nuestras ciudades actuales. Pero, este aparente “laberinto” a nuestros ojos obedece, no obstante, a una previa planificación y una jerarquización de las propias vías: calles; callejones con o sin salida; cruces y bifurcaciones…
Estamos, pues, en una zona intermedia -que no se ha excavado- entre dos áreas investigadas: una al norte (izquierda); la otra, al sur (derecha). Por ello, aparentemente, no llama la atención. Tampoco urge excavarla, entre otras consideraciones, porque se conoce lo que se conserva bajo tierra y los restos conservados no son de especial importancia.
Ello se sabe gracias a la aplicación de determinadas tecnologías, tomadas de otras ciencias, que ahora se aplican en la investigación arqueológica. Es lo que se conoce, genéricamente, como “arqueología no invasiva”. Destaca, entre otras, el grupo de las “prospecciones geofísicas” (geoeléctricas, geomagnéticas, georradar…) que nos permiten ver sin retirar la tierra.
Son aplicaciones normalizadas en la arqueología del siglo XXI, muy útiles para el conocimiento de cuestiones básicas en el Cerro de las Cabezas: su urbanismo, sus calles, sus casas…
Con este conocimiento, se trata ahora de “subir” a superficie el trazado viario original ibero y pasear de un área a otra, justamente, a través de estos caminos originales, marcados debida y respetuosamente con el entorno patrimonial. Porque lo importante de este yacimiento no son las muchas hectáreas que se pueden visitar; tampoco excavar todo el oppidum, con sus más de 17 hectáreas amuralladas.
La responsabilidad de las Administraciones y, por ello, también de los investigadores en patrimonio, es asegurar la accesibilidad universal a lo investigado y, como universal, no reducirla a una mera supresión de obstáculos físicos: Igual, si no más importante, es la cognitiva (comprender lo que visitamos) y sensorial (ver, oler, tocar…). No se trata, pues, de pasarelas complicadas, ni caminos rocambolescos facilitados por una innecesaria tecnología. Visitemos los sitios arqueológicos urbanos -y el Cerro de las Cabezas lo es- por sus caminos originales, bien debidamente restaurados, bien “subidos” a superficie mediante la aplicación de estas técnicas no invasivas. Ejemplo de ello es, pues, comunicar las dos áreas excavadas hasta la fecha con este criterio sencillo y sostenible.
Qué mejor que recorrer esta ciudad ibera por sus caminos originales y comprender, así, su carácter urbano y su inherente complejidad. Animamos pues al visitante a que siga el recorrido.
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EL URBANISMO DE LA BARRIADA SUR Y LA DESCOMPOSICIÓN DEL PODER URBANO

Recorriendo la calle más importante descubierta hasta la fecha, que une de sur a norte la parte baja del oppidum y que hoy se conoce, de manera coloquial como “calle mayor”, surge a nuestra derecha otro vial que bajaba hacia el río y al que también se le ha puesto un nombre: “la calle del horno”, en justo reconocimiento a la importante estructura presente al inicio de la vía.
Por su notable tamaño y por la ausencia de escorias en el entorno se asocia, no tanto a producciones metalúrgicas sino a cocción de alimentos.
Pero lo más importante es su propia ubicación, cortando gran parte del camino de bajada… que evidencia la decadencia del asentamiento ibero del Cerro de las Cabezas a finales del siglo III a.C.
Reflexione el visitante sobre la posibilidad de que hoy, en su localidad, en una calle por la que circulan coches y peatones -en época ibera carros y personas- se pusiera una construcción de este tipo. Supondría la rotura de lo que hoy denominamos “el poder municipal”, el orden político… una decadencia, como decíamos, incapaz de impedir la ocupación de los espacios públicos.
Los viales se seguirían utilizando, pero sin criterio unitario ni obedeciendo a un poder organizado ni dentro de una estructura comercial regularizada desde una elite de poder.
Refleja, pues, una economía de reaprovechamiento encaminada a la supervivencia: casas reutilizadas o modificadas mediante construcciones de peor calidad y donde la red viaria preexistente -reflejo de la existencia de un poder regulador- habría ya desaparecido.
Este horno, en este cruce de caminos, es testimonio de lo que la investigación arqueológica interpreta en el asentamiento ibero del Cerro de las Cabezas como la decadencia del oppidum. Probablemente, tres o cuatro generaciones caracterizadas por un descenso drástico de sus pobladores. Pero sigamos recorriendo sus calles.
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EL LENGUAJE DEL AGUA

De nuevo nos detenemos en este recorrido por la calle principal “o Mayor”. A nuestra izquierda, se ve una alineación de pequeñas piletas, interconectadas, rellenas hoy de gravilla azul que emula su original contenido de agua. Su escalonamiento refuerza esta interpretación al constituir un sencillo -pero efectivo- sistema de decantación del agua en aras de favorecer el consumo humano.
A su vez, a la derecha vemos la esquina de un notable edificio en donde la presencia del agua fue también determinante. Citado en la bibliografía tradicional como “la casa de las pizarras”, por la existencia de un espacio dentro del mismo enlosado con este tipo de piedra, hoy día la investigación científica, en favor de una mayor precisión terminológica, favorece cambiar el término “casa” -espacio habitacional- por el de “edificio”, que deja esta construcción abierta a otros usos; posiblemente, más relacionado con transacciones económicas.
Pero retomando el hilo conductor-el agua- el visitante podrá ver la presencia de más piletas dentro y fuera del edificio. De hecho, este tuvo una notable remodelación a lo largo de su vida para poder multiplicar el número de piletas dentro del mismo.
Reflexionemos sobre lo que vemos y dónde nos encontramos. Dejemos ahora un poco de lado la fuerza presencial de las construcciones: murallas, torreones, edificios y espacios habitacionales y pensemos en cuestiones más cercanas a la vida cotidiana de sus habitantes, sobre sus necesidades más vitales; en este caso el beber y la existencia de agua constante dentro de un recinto urbano y fortificado como fue, desde su inicio, el oppidum ibero del Cerro de las Cabezas.
Parece consolidarse, tanto por las excavaciones como por las prospecciones geofísicas acometidas -que nos permiten “ver” bajo tierra sin necesidad de excavar- que muy probablemente, todo el asentamiento estuvo urbanizado y densamente poblado.
Ello, favorece el calcular una ocupación poblacional dentro del recinto de, aproximadamente, 4000 habitantes y, desde luego, no menos de 3000. La dependencia para suministro de agua, sólo a partir del río Jabalón no es defendible. Que la utilizaron, es indudable; pero no de manera exclusiva; pensemos en un asedio o ante un peligro… ¿cómo depender sus habitantes de esta única fuente?. Existen hoy suficientes indicios para defender esta lógica.
Por lo pronto, la visión global de todo este sector evidencia la presencia de grupos de piletas, interconectadas y situadas de manera aterrazada ordenadas por la pendiente natural del Cerro; es decir, el agua procedería, como poco, de un punto medio de la ladera. De hecho, levante la vista el visitante y a su derecha, podrá ver el actual parque patrimonial regado, exclusivamente, por un pozo inmediato al Centro de Interpretación; posiblemente, el mejor espacio vegetal de Valdepeñas.
Por cota de los niveles freáticos de montañas cercanas, tuvo que existir más de un pozo dentro del asentamiento. Pese a lo poco conocido en este campo, con los datos presentes en este oppidum es muy probable la existencia de tomas de agua iberas -como poco- a media ladera del Cerro. A favor de la gravedad, esos afloramientos de agua favorecerían en esta zona del asentamiento, así como en otras áreas de este, parte del consumo diario que, paralelamente, se almacenaría en los edificios y en las casas en ánforas y cantimploras -de muy diverso tamaño- que han aparecido en las excavaciones.
La presencia del agua, tanto para el consumo como para actividades artesanales convierte a este yacimiento arqueológico de época ibera en uno de sus mejores “laboratorios” de estudio. Las actividades industriales, demandantes de grandes espacios y suministro de agua en mayores cantidades -alfarerías, agricultura extensiva- estarían, lógicamente, fuera del recinto urbano y dependientes del río Jabalón; algo que sigue ocurriendo en las ciudades actuales con sus, separados del núcleo urbano, “polígonos industriales”.
El que la cultura ibera fuera la primera en la península en alcanzar el total desarrollo del horizonte urbano queda patente hoy, ante nuestros ojos, por su urbanismo. Además de definir sus viarios y construir edificios agrupados en manzanas, éste también contemplaba -como cuando hoy se urbaniza un terreno- generar estructuras imprescindibles como el suministro y canalización de agua; así como su evacuación fuera del recinto amurallado.
Y todo ello sólo pudo ser posible por la existencia de un proyecto global desde su inicio; de planos concreto y un poder centralizado en torno a una elite de poder de carácter aristocrático en el sentido mediterráneo de la palabra.
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LA PROGRESIVA COMPLEJIDAD URBANA: CALLES, CALLEJONES Y MANZANAS

En este cruce de caminos, donde ahora el visitante se encuentra, se puede apreciar bien la complejidad urbana que este oppidum ibero adquirió a lo largo de sus casi 300 años de existencia. Tanto fue así que, en su momento álgido de desarrollo -el siglo III a.C.- bien podríamos hablar ya de una verdadera ciudad de la Antigüedad.
Se materializa en este punto del asentamiento la progresiva complejidad de su red viaria. La “Calle Mayor”, que unía los extremos norte y sur en la parte baja del hábitat, se bifurca a su derecha -ladera arriba- en dos nuevas calles y una plaza o callejón, sin salida.
Es evidente y no busquemos en el urbanismo ibero cruces de calles en ángulo recto, ni calles paralelas.
Estas pautas son propias de un urbanismo que, en la tradición cultural europea, denominamos hipodámico u ortogonal. Serían los casos, valgan como ejemplos, en Madrid, del Barrio de Salamanca (1863) o Ciudad Lineal, ideados por Arturo Soria y Mata (1882); o en Barcelona, el Eixample (Ensanche) y Sant Martí/Poblenou, diseñados ambos por el ingeniero Ildefonso Cerdá (1859).
Ejemplos más cercanos los tenemos en Ciudad Real, con Barrio del Torreón del Alcázar, reordenado a través del Plan Parcial de Ordenación del Polígono del Torreón (1973) o las actuales urbanísticas en las zonas cercanas al Campus Universitario y las nuevas urbanizaciones hacia el Hospital General.
Y, por no olvidar a la propia Valdepeñas, deberíamos destacar parte de su propia área histórica, en el centro urbano, en la zona que rodea la calle Real y la Plaza de España, herencia de su expansión en la Edad Moderna y donde se encuentra la casa solariega de Los Vasco (siglo XVI-XVII), futura sede de un nuevo Museo Arqueológico; también en el Barrio de la Estación (hacia 1861) y los actuales Ensanches y Sectores Nuevos, de acuerdo con el Plan de Ordenación Municipal (POM), aprobado en 2011.
Pero retomemos el tema que nos ocupa, el urbanismo no ortogonal del oppidum ibero del Cerro de las Cabezas. El urbanismo mediterráneo y, por tanto, de la península ibérica no siempre ha sido ortogonal; es decir, de calles rectas que se entrecruzan, de manera perpendicular, en ángulo recto y generan, a su vez, manzanas rectangulares o cuadradas. En este asentamiento ibero, como en todos los de esta cultura prerromana la ordenación urbana no fue ortogonal; pero sí evidencia una ordenación preestablecida.
Este oppidum muestra hoy a sus visitantes la existencia planificada de calles principales o secundarias y callejones sin salida; también viales, muchas veces divergentes que, como en las actuales “rotondas o redondas viales”, se conectan a vías principales, cuando no subdividen el interior de las grandes manzanas. Todo ello optimizaba el recorrido principal del interior del oppidum (viales principales) o el acceso a los diferentes edificios de sus manzanas (viales secundarios).
Es decir, en un lenguaje actual todavía vigente: una separación natural de las “corrientes” de tráfico, tanto de sus habitantes como de carros con mercancías y una flexibilidad en el “diseño” de la ruta a seguir por sus habitantes.
Es conclusivo, pues, además de por otras consideraciones, cómo la trama urbana del Cerro de las Cabezas alcanzó un alto grado de complejidad y pone en evidencia cómo la cultura ibera en la Oretania alcanzó, si no en el siglo cuarto, desde luego en el siglo tercero antes de Cristo, un horizonte urbano totalmente desarrollado. Es más, fue esta cultura ibera la primera de toda la península ibera en alcanzar dicho horizonte.
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LA HABITACIÓN DEL CULTO BETÍLICO

El visitante al Cerro de las Cabezas se encuentra frente al extremo sureste de un edificio notablemente mayor identificado, todo él, como un santuario que, en la antigüedad, no sólo suponía un valor religioso, también político y comercial. Todo el conjunto materializa un santuario “de entrada”, así denominado por estar ubicado desde sus primeros momentos, junto a una de las entradas al oppidum; la puerta norte.
Pero centrémonos aquí en la habitación medio techada y el pequeño cuarto adjunto. Sendos espacios supusieron una remodelación completa de la tercera terraza de las tres en las que se construyó el santuario para paliar, así, la pendiente natural del cerro.
La habitación semi techada corresponde al espacio específico de culto, mientras que la pequeña aneja equivaldría a lo que hoy entendemos por una sacristía; es decir, un espacio menor dedicado a guardar los objetos necesarios para el normal desarrollo del culto en la habitación principal.
Durante su excavación (1995), aparecieron en el extremo de la habitación tres piedras verticales -betilos o piedras sagradas- hincadas en la tierra, por lo que aquel sitio fue interpretado como un espacio de culto betílico que hunde sus raíces en la cultura fenicia y que expandió por todo el mediterráneo la cultura púnica. Nos puede chocar, desde la mentalidad católica, que las divinidades no tengan representación formal, pero no olvidemos que la religión islámica procedente de la península arábiga mantiene hasta hoy esta tradición anicónica.
Lógicamente, encontramos otras evidencias constructivas que defienden la interpretación de este espacio como un lugar sagrado. Por un lado, el giro forzado de toda la habitación, para orientarse hacia el este y recibir la luz solar del amanecer, símbolo de la propia divinidad o la vida. Por otro, el que estuviera techada sólo en su mitad más al este, donde están los betilos hincados, dejando la otra mitad a cielo abierto y, al menos, parte de esta última pavimentada mediante un enlosado. También habría que destacar las dos grandes piedras, de más de medio metro de altura, colocadas al exterior; una de ellas, incluso formando parte de la construcción del propio muro “de fachada”.
Tradicionalmente consideradas como esquineras protectoras de la parte saliente de los bujes de los carros, sin embargo, distan bastante -en cuanto a tamaño y configuración- de las abundantes esquineras aparecidas, tanto dentro del edificio como en otros cercanos al mismo.
La techumbre, en el centro de la habitación tuvo un punto de apoyo necesario ante la distancia de los muros laterales. Debió de ser un poste de madera, a modo de columna, que no se ha conservado; pero sí su base: un gran bloque de piedra (cuarcita del lugar) que, a modo de peana, serviría de apoyo final del poste y evitaba, así, la humedad del suelo.
Por lo que respecta a los materiales cerámicos y metálicos aparecidos dentro de la habitación estos fueron escasos y poco representativos. Sea como fuere, un culto betílico dentro de un complejo edificio sólo se puede entender como una continuidad del valor religioso de todo el conjunto constructivo y no sólo de esta habitación. En este sentido, invitamos al visitante a entrar al edificio por el cercano callejón que queda a su derecha.
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LA GALERÍA PORTICADA: ORGANIZADOR DEL ESPACIO EN SU CONJUNTO


Hemos ascendido por un callejón, sin salida, que vertebra el edificio religioso que engloba, a la entrada de este, la habitación del culto betílico y, al final de su recorrido, nos topamos con una galería porticada, hoy con una planta en “L” (por el lado izquierdo), pero que configuraba -en origen- una disposición en “U”, al completarse también por el lado derecho.
Como veremos, una posterior e importante remodelación, reformó este lateral que, por ello, hoy no se conserva.
Este callejón y el porticado en “U” fue, realmente, el eje ordenador de todo el edificio disponiendo un conjunto de estancias a su izquierda (sur) y a su derecha (norte); estancias que complementaban la complejidad conceptual del santuario en su globalidad. No sólo con un cariz religioso, también político y económico, porque en el Mundo Antiguo, religión y economía iban de la mano, al igual que el poder; ambos en favor de una legitimidad que fuera incuestionable.
Pero centrémonos en la galería porticada; posiblemente, donde -todavía hoy- mejor el visitante puede entrever una arquitectura al servicio del Poder de las elites ibéricas, dirigiendo una economía -cerealista- legitimada por la religión. No es, pues, casual, que en este punto se haya acometido una científica, a la vez que comedida, reconstrucción parcial del mismo con la preceptiva aprobación de la JCCM (Viceconsejería de Cultura y Deportes).
La galería estuvo techada, mediante una cubierta vegetal apoyada, en su parte delantera, en pilares de madera que descansaban en grandes bloques de piedra cuarcita que los aislaban de la humedad del suelo.
El pasillo, así protegido, pero abierto al callejón, estuvo pavimentado con lajas de piedra parcialmente conservadas y sobre el mismo, junto a la pared, un poyete realizado en adobes conservados sólo en su ruina.
La galería, además de presidir las transacciones económicas al estar frente al callejón servía de comunicación privada entre un ala y otra del santuario (lados sur y norte).
Su planta no llega a ser un rectángulo perfecto es, más bien, poligonal y no de gran anchura, pero su poyete apunta a servir de asiento presidencial y legitimador de las transacciones económicas y pago de tributos que se materializarían después no muy lejos, con seguridad en la llamada “casa de las pizarras” que hoy entendemos mejor como un edificio de control y pesaje del cereal tributado a este oppidum.
A la izquierda del callejón se conserva todo un conjunto de estancias dispuestas en tres terrazas, de usos no siempre identificaos: una estancia asociada al poder y, toda ella también pavimentada presidiendo todo el edificio; habitaciones de uso artesanal, posiblemente elaboradoras de objetos necesarios para los ritos religiosos y emblemáticos de la jefatura y, en la parte más baja, la citada habitación dedicada al culto betílico.
A la derecha, en origen, una alargada estancia rectangular de almacén de cereal que, en un segundo momento, fue transformado en talleres individuales abiertos al callejón a través de una única puerta. Es la imagen que hoy se puede contemplar.
Dichos talleres artesanales, con bastante seguridad, elaborarían objetos no destinados al consumo cotidiano, más bien reservados a las elites dirigentes y a los diferentes rituales que se llevarían a cabo, no tanto en el callejón sino en las diferentes estancias del edificio necesarios para ritualizar y legitimar el orden social dominante en este mundo ibérico: sociedades aristocráticas, caballerescas, legitimadas por la religión.
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LA ENTRADA NORTE AL OPPIDUM IBERO

El oppidum ibero del Cerro de las Cabezas estuvo fortificado desde un primer momento (siglo V a.C.) y, lógicamente, tuvo varias puertas de acceso alrededor de su perímetro amurallado.
Se han documentado cinco: dos en la parte baja, cercana al río Jabalón y dos hacia la mitad de su ladera; al norte y sur respectivamente. La quinta y última se ubicó cercana a la cima, en lo que se conoce de manera tradicional como “la acrópolis”.
Ahora el visitante se encuentra frente a la puerta norte, cercana al río. Esta puerta, como todas las de igual orientación constituyeron la “fachada principal” hacia territorios ajenos a su cultura, hacia el centro de la península y, por ello, en cierto modo, mostraría a los extranjeros del norte una imagen de fuerza y poder.
Pero la materialidad que hoy ve el visitante de esta entrada, como con frecuencia ocurre hoy en nuestras propias localidades, no responde a una única construcción inmutable con el paso del tiempo.
La puerta ibera (norte) que contemplamos fue resultado de sucesivos cambios y ampliaciones que, de manera simplificada a partir de estudios arqueológicos de su arquitectura y su construcción, podemos concretar en dos grandes remodelaciones; no sólo en la puerta, propiamente dicha, también en su entorno inmediato. Una manera más de evidenciar el ascendente progreso económico, político y tecnológico de sus elites dirigentes, a inicios del siglo III a.C., si no antes.
Bien a través de la pasarela actual que, a media ladera, recorre el yacimiento; bien por los viales iberos originales, han atravesado, de un lado a otro, el oppidum: de sur a norte y ahora se encuentran extramuros, tras haber traspasado el recinto murario.
Pero la arquitectura original de esta puerta norte, como el propio espacio extramuros en el que nos encontramos, dista bastante de cómo fue en su momento original, a principios del siglo V a.C.
La ubicación y ancho de la puerta que hoy vemos corresponde con la original; estrecha, para su mejor defensa, pero suficiente para el tránsito de las carretas iberas que materializaban el tránsito comercial.
La muralla se dispuso adelantada, en ambos lados, hacia el exterior; se generaba, así, una pequeña embocadura con una función claramente defensiva. No se puede determinar si el vano de la puerta estuvo originalmente protegido por un torreón dada la gran remodelación posterior; como ocurrió en la puerta sur. Sea como fuera, el sistema defensivo de la puerta estuvo complementado por un ancho foso.
La ampliación monumentalizada de la puerta, a inicios del siglo III a.C., supuso una importante remodelación intramuros y, sobre todo, extramuros.
El foso se rellenó para generar una superficie llana en la que construir un gran edificio adelantado, por el lado derecho de la embocadura. Con amplia longitud, más que un gran torreón recuerda a una estructura militar tipo castellum que podría haber albergado un destacamento de soldados (¿púnicos?) permanentes. Sea como fuere, como apuntábamos, su construcción justificó rellenar el foso y tener que construir otro, más adelantado hacia el norte.
Paralelamente, el lado izquierdo de la embocadura también acumuló sucesivas construcciones, bien de manera inmediata, bien en un corto tiempo. En concreto, dos grandes torreones-almacenes de grano, adosados a la muralla por el exterior, de tal manera que la nueva imagen de la puerta norte quedó como hoy la vemos: un vano con una entrada en embudo enmarcado, a su vez, por torreones.
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UNA MURALLA CORTADA POR EL DESARROLLO DEL S. XX

El visitante, que ha llegado a este extremo del yacimiento arqueológico, es lógico que se extrañe por cómo, de repente, la muralla y el consiguiente poblamiento tras ella, se interrumpe y se encuentra frente a la valla de la autopista A-4, a escasos metros de los carriles de circunvalación viaria.
Es evidente que el asentamiento ibérico continuaba hasta lo que hoy, aproximadamente, corresponde a traspasar la autovía, cercano al curso del Jabalón; por cierto, un cauce hoy también canalizado (fosilizado) en un curso artificial. El paso del tiempo y la actividad humana cambia y transforma el medio natural que nos rodea.
El extremo final (este) desapareció en época de Primo de Rivera cuando se construyó, por primera vez, una carretera junto a la ladera de la montaña buscando un soporte firme. Hasta entonces, era al otro lado de la vega del Jabalón donde se trazaban los caminos hacia el sur de la península.
Ya existía la dinamita (1867), inventada por el químico sueco Alfred Nobel -de ello surgieron los premios Nobel- y como consecuencia, la posibilidad de acometer importantes obras públicas en carreteras.
En época de Primo de Rivera (1923-1930) se llevó a cabo una modernización de las infraestructuras y, dentro de las mismas, de las carreteras, hasta un total de 7000 km; bien de nueva construcción, bien de mejora para el tráfico de vehículos.
El trazado original, de tierra y adoquines y después asfaltado, perdura en la actualidad. Pero, en aquel entonces, no existía una Ley de Patrimonio y, por tanto, una adecuada conciencia del valor del patrimonio arqueológico. De tal manera, que el trazado de la carretera cortó el final del asentamiento ibero.
En la actualidad aquella Carretera Nacional “Madrid-Cadiz” se ha convertido en autovía (1992) con motivo de la celebración de la Exposición Universal de Sevilla; estábamos ya en plena democracia y existía una Ley de Patrimonio Histórico Español (1985).
El proyecto original de ampliación concebía duplicar el viario ladera arriba, pero la presencia de este yacimiento arqueológico que, además de ser B.I.C. (1977), estaba amparado por la citada Ley de Patrimonio, obligó a realizar un bypass hacia la vega alejándose, así, del oppidum.
El corte brusco del asentamiento que hoy vemos no es, pues, un ejemplo de barbarie; en su época y contexto se entiende, aunque hoy sería hasta ilegal.
Ello pone de manifiesto la progresiva madurez de nuestra sociedad al valorar nuestro patrimonio cultural y, por ende, el arqueológico. De igual manera, la importancia de preservar nuestro pasado material para su disfrute actual por parte de la sociedad, así como el compromiso de preservarlo a las generaciones venideras.
En este sentido, contemplar hoy esta parcial mutilación tiene un claro valor pedagógico: en su momento entendible, hoy día ilegal. Preocupémosnos, pues, de cumplir con esta responsabilidad.
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LA MURALLA NORTE: EL CORREDOR DE GUARDIA Y LA CALLE ASCENDENTE

El visitante va ascendiendo, ladera arriba, por esta calle enmarcada en lo hasta ahora excavado por dos edificaciones determinantes. A la izquierda, corre en paralelo el santuario “de entrada” y a la derecha linda con una delimitación muraria paralela, a su vez, a la propia muralla norte.
El tramo excavado que podemos ver es lineal, sin bifurcaciones aparentes, pero no olvidemos un detalle: la propia pendiente natural de la ladera no permite pensar en un camino recto, hasta la cima.
Sin más complejas reflexiones, pensar en ello supondría asumir un torrente de agua en el caso de lluvia.
La adaptación al terreno y a los materiales del entorno -madera, piedra, agua- fue siempre una característica de toda la cultura ibera.
De ahí, la construcción en terrazas y la prioridad de los caminos transversales frente a los longitudinales, paralelos a la pendiente natural.
Este vial, recientemente excavado ha permitido documentar la existencia de dos suelos de uso, superpuestos.
El primero de ellos, apoyado en la roca virgen -típico entre los iberos- y con una preparación previa de arenilla y piedra menuda, en un claro deseo de paliar las naturales irregularidades de la roca virgen; sobre ello, tierra, piedra menuda e, inclusos fragmentos cerámicos de piezas ya amortizadas.
La superficie no era plana, sino cóncava, con la intención de canalizar, de manera natural, el agua de lluvia o la generada por la vida en los edificios circundantes, hacia el centro del viario.
Debidamente protegida, hoy el visitante lo recorre sobre una capa artificial que simula el original. Este camino está asociado, sin duda, al primer momento de uso del santuario en su conjunto.
Pero a mitad del recorrido se observa una evidente subida del terreno. Corresponde a una segunda fase de este recorrido asociado, de nuevo, a las remodelaciones del santuario y que conllevó hacer un relleno artificial y rápido para acomodarse a la ampliación del citado santuario, ladera arriba. Su elaboración fue similar en cuanto a características y materiales empleados.
Si alzamos la vista veremos al fondo la altura actual del terreno; es decir, tenemos la secuencia estratigráfica completa de la calle… hasta lo conservado en el siglo XXI.
Esta superposición de los “suelos”, como en el caso de cuando se excavan edificios o casas con sucesivos periodos constructivas, hay que entenderla como la solución más sencilla y rápida en la evolución de los asentamientos en época antigua y hasta, prácticamente, principios del siglo XX, cuando la energía propiciada por los hidrocarburos (motores de combustión interna) favorecieron retirar los escombros y los edificios anteriores y mantener la cota de uso. Hasta entonces, fue más sencillo la superposición de las nuevas edificaciones a las ruinas, previo un allanamiento de todo el entorno. Es, por ello, por lo que los yacimientos arqueológicos suelen generar montañas artificiales que, al excavarse, parecen estar “bajo tierra”.
Una última cuestión relacionada con esta calle es que corre paralela a la muralla (a su derecha) de tal manera que podemos pensar que serviría también, en cierto modo, como “corredor de la guardia”.
Adosado al interior de las murallas, bien no se construía nada, bien habitaciones y almacenes directamente relacionados con el poder del lugar.